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Artículos de interés
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Escrito por Hammer Arturo Arévalo Poveda
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Miércoles, 14 de Octubre de 2009 16:32 |
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El Orden Sacerdotal es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los hombres bautizados, y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos. La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica . La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres . La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia. El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas. Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc. Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc. Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes. Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es "alter Christus", es decir, otro Cristo . El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote. La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un superman ), es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio), puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida ) es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio. No se trata de preguntar me gustaría ser sacerdote? sino, me querrá Dios sacerdote? . En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada. Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores. Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura. Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos. Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios . Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida . |
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¿Por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes? |
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Escrito por Hammer Arturo Arévalo Poveda
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Miércoles, 30 de Septiembre de 2009 13:51 |
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La cuestión ha sido planteada minoritariamente por eclesiásticos que han creído interpretar el sentimiento de algunas mujeres de nuestro tiempo, y ha dado lugar a los inevitables comentarios de una prensa ávida de noticias sensacionales, presta a encontrar fisuras en el cuerpo de la Iglesia. Los propugnadores del sacerdocio femenino han buscado argumentos de índole muy variada para apoyar su propuesta. Entre todos ellos, se pone especial énfasis en aquellos que manifiestan mayor seriedad. 1) Adecuación de la Iglesia a las características de la sociedad moderna
Tras siglos de opresión, la mujer se sitúa hoy en una actitud reinvindicadora (el deseo de otorgarles el sacerdocio no procede, sin embargo, de una actitud de emancipación feminista, sino que ha sido promovido por eclesiásticos principalmente). La Iglesia debe acoger institucionalmente y a todos los niveles esta actitud, y superar así su pasado antifeminista. Aquí, es fácilmente observable tan sólo una concepción humana de la Iglesia, como si ella pudiera rectificar su esencia constitutiva. Su estructura fundamental no deriva de la sociedad, o de la cultura, o de la mentalidad de su tiempo. La Iglesia no puede pretender hacerse creíble o aceptable para los hombres a base de dejar de ser lo que es, aunque hubiese una opinión mayoritaria que lo reclamara: como Cristo, será siempre al no de contradicción, necedad para algunos y escándalo para otros, fiel a la voluntad divina expresada por la Revelación, conservada en su fe y en su vida de modo continuo y homogéneo, por veinte siglos, con la asistencia del Espíritu Santo. 2) Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.
Es muy justo hablar de igualdad de derechos del hombre y de la mujer en la sociedad civil, en base a su condición de personas, y en base a que la naturaleza humana es una y la misma en el hombre y en la mujer. También es muy justo hablar de la igualdad radical de todos los fieles en Cristo: igualdad en su común dignidad de hijos de Dios por la gracia, igualdad en la vocación universal a la santidad y a la bienaventuranza en el Cielo, igualdad también del deber fundamental de cooperar activamente en la salvación de las almas. Todo eso comporta también una cierta igualdad de derechos en la Iglesia (aunque aquí conviene usar de una cierta cautela al hablar de derechos: porque, en este orden sobrenatural, dependen de lo que Dios haya querido libremente concederle. Todos los fieles-el varón como la mujer-han sido igualmente regenerados por Cristo en el bautismo y hechos participes de su misión salvadora. Sin embargo, ningún fiel-ni varón ni mujer-tiene realmente ningún derecho al sacerdocio ministerial. Como en el caso de la elección de los apóstoles y del apóstol de las gentes, es Dios quien llama al sacerdocio a quien quiere, cuando quiere y como quiere: "Nadie se arrogue esa dignidad, si no es llamado por Dios, como Aarón". El orden sagrado no está en la linea de los derechos de los fieles, no es como el desarrollo normal del sacerdocio común de todos. El sacerdocio ministerial es un don peculiar, por el que Cristo asume a algunos para que obren en Su nombre con Su autoridad, para prestar a la Iglesia un ministerio peculiar .Como gratuitas y no debidas a los hombres fueron la Encarnación y Redención, gratuitas y no debidas son las condiciones establecidas por Dios para escoger a algunos para el ministerio sacerdotal. Esto no se opone a la igualdad fundamental de los fieles, ni divide a los cristianos en dos categorías: argumentar de otra modo conduciría a un clericalismo demagógico, como antes tuvimos otro seudoaristocrático. La Virgen Maria, venerada con un culto especial, muy por encima de los santos, nunca tuvo un grado jerárquico en la Iglesia. 3) La prohibición procede de una cultura y una mentalidad paganas.
Los propulsores del sacerdocio femenino argumentan que Cristo eligió sólo hombres por los condicionamientos sociales de la época y la influencia de la mentalidad pagana. La elección de varones sería simplemente un hecho histórico superable. Además, pese a las influencias paganas en la primitiva cristiandad-añaden-, se confirieron determinados ministerios a mujeres. El Señor escogió como apóstoles a doce varones. Le seguían y servían mujeres-algunas más fleles y enérgicas que los apóstoles-, pero no las llamó al ministerio sacerdotal. Quienes piensan que Cristo se dejaba influir en ello por el ambiente, muestran, además de una actitud irreverente, una total incapacidad para conocerle: los Evangelios dan testimonio más que suficiente de su superioridad sobre los condicionamientos externos. Por otra parte es gratuito afirmar que la elección exclusiva de varones fue un hecho y no manifestación de una voluntad expresa y perdurable: la Revelación se nos comunica con palabras y con obras, y además no sólo consta en la Escritura, sino también en la Tradición, y según la proposición autorizada del magisterio unitario y permanente. La alusión a que la mentalidad pagana dificultaba la elevación de la mujer al magisterio sacerdotal, está mal traída, porque no es cierta: precisamente en el mundo pagano contemporáneo de la Iglesia primitiva eran frecuentes las sacerdotisaa, las vestales, etc., y, en cambio, las diaconisas de la Iglesia sólo realizaban oficios asistenciales, de preparación catequética, etc. No hay precedente alguno sobre el sacerdocio de la mujer. 4) La madurez del laicado.
El reconocimiento del valor del sacerdocio común de los fieles, la corresponsabilidad de todos los cristianos en la misión única de la Iglesia, exigen la presencia activa de la mujer en todos los ministerios eclesiásticos. Los que así argumentan dicen que el problema consiste simplemente en dar todo su verdadero valor al sacerdocio común de los fieles. Ha llegado el momento histórico-concluyen-de que la comunidad confíe a cualquiera de sus miembros, según las circunstancias, cualquier ministerio y presidencia sin discriminación alguna. Se revela aquí una óptica clerical que lleva a concebir el sacerdocio ministerial como un ascenso en el escalafón eclesiástico, como una potenciación de la vocación cristiana, como la meta-en fin-de un carrera, ignorando la realidad eclesial y sumamente eficaz de una existencia cristiana plenamente secular. De ahí que el Santo Escrivá de Balaguer, que ha dedicado su vida a defender la plenitud de la vocación cristiana del laicado, de los hombres y de las mujeres corrientes que viven en medio del mundo, y por tanto a procurar el pleno reconocimiento teológico y jurídico de su misión en la Iglesia y en el mundo, se haya sentido impulsado a señalar que el cristiano corriente, hombre o mujer, puede cumplir su misión específica, también la que le corresponde dentro de la estructura eclesial, sólo si no se clericaliza, si sigue siendo secular, corriente, persona que vive en el mundo y que participa de los afanes del mundo. Pero, además, el argumento aludido revela también la confusión entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, error que se incluía ya en el repertorio herético de Lutero. La diferencia esencial, y no de grado, entre ambos, ha sido manifestada frecuentemente por el Magisterio Eclesiástico. Hemos considerado los principios fundamentales que responden a los argumentos más significativos; podrían añadirse otras razones de conveniencia, pero serian accidentales: lo que importa esencialmente es cómo Dios ha dispuesto las cosas; Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, que es la Iglesia, y sólo Dios sabe las razones que tuvo para hacerlo. ACI PRENSA www.aciprensa.com |
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Última actualización el Miércoles, 30 de Septiembre de 2009 14:29 |
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¿Son necesarios los sacerdotes en la vida de la Iglesia? |
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Escrito por Hammer Arturo Arévalo Poveda
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Miércoles, 12 de Agosto de 2009 16:14 |
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Por Juan Ávila Estrada, Pbro* “¿Por qué son necesarios los sacerdotes? Porque Cristo es necesario.” En un mundo que exalta el valor de lo light y lo instantáneo, también el mundo del espíritu y de la fe ha estado bajo la amenaza de lo facilista, efímero y superficial. Por ello, solemos encontrar con demasiada frecuencia quienes están seguros que para llegar a Dios es innecesario y hasta un estorbo todo aquel o aquello que quiera hacerlo presente en el mundo. Todos quieren constituirse en puentes propios para llegar a Dios como si eso fuera posible. Es más, se desea que no exista siquiera un camino que nos conduzca hasta Su presencia, sino que basta el deseo de estar en Él para que eso sea una realidad. Todo lo que huela a mediación, puente o camino debe ser bombardeado para que el acceso a la divinidad sea inmediata y producto de la propia capacidad o bondad humana. A veces estamos tan seguros de nosotros mismos que olvidamos las palabras de Jesús cuando afirma: “Nadie puede llegar al Padre sino es por medio del Hijo…” En este sentido, podemos entonces comprender que la mediación de Cristo es condición ABSOLUTAMENTE necesaria para que el hombre llegue a una comunión perfecta con Dios. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera mostrar.” El conocimiento e intimidad con Dios es gracia de Su Hijo Jesús. La eternidad de Su sacerdocio le da la mediación absoluta para realizar con Dios una alianza perfecta que beneficia al hombre de todos los tiempos. Cristo es necesario porque Dios es necesario y sin Dios el hombre nunca alcanzará el objetivo de su vida. Pero este sacerdocio ÚNICO de Jesucristo se ha prolongado en el sacerdocio que dejó en Su Iglesia. Este sacerdocio no es paralelo ni clon del sacerdocio del Señor, sino una participación de Su ministerio. En la Iglesia se ejerce el mismo sacerdocio de Jesús y la enorme responsabilidad que ha dejado ha sido precisamente que permitamos a través de este gran tesoro, ayudar a que muchos lleguen a Dios y sirvamos efectivamente como instrumento para llegar a Él. No estamos, pues, ante una usurpación de la actividad de Cristo y de Su acción salvadora; por el contrario, estamos ante el cumplimiento de Su deseo de acercar a todos los hombres a Dios. Es necesario entonces el sacerdote porque Cristo es necesario. Nunca nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que asegura Su presencia mediante el ejercicio del ministerio sacerdotal en la Iglesia. Mirar al sacerdote, es mirar el ministerio de Jesús; su obra de santificación y de sanación se continúa en el tiempo y en el espacio. Pero esta convicción sólo lo da la fe y confianza en todo aquello que nos ha dicho el Maestro. Del mismo modo como muchos dudaron de la mediación de Jesús y de Su cercanía al Padre, así muchos dudan hoy que un sacerdote nos acerque a Dios. Ante esta duda muchos prefieren optar por erigirse a sí mismos como embajadores de su propia causa ante Dios. Tiene que ser para todos muy diciente la subsistencia del sacerdocio católico en estos 2000 años. Nunca ha hecho Dios una obra para que sea efímera, sino para que permanezca para siempre, porque siempre necesitará el hombre de la santificación de Dios. La mentalidad individualista que ha cultivado la sociedad, la idea pregonada de que el hombre todo lo puede, ha hecho tanta mella en su vida que ha querido hasta salvarse a sí mismo mediante la virtud. El hombre que busca salvarse a si mismo es la mentalidad de muchas sociedades. Ante este panorama, cualquier mediación o mediador es innecesaria. ¿Para qué mediadores si el hombre es capaz de Dios? Es que la salvación del hombre pasa necesariamente a través del hombre y quien quiera llegar a Dios debe llegar también a los hermanos. El sacerdote es pues, un hombre sacado de entre los hombres para santificar a los hombres en nombre de Jesucristo. Esta acción santificante busca dar sentido a todo lo que el hombre es y hace. Desde que nace y crece hasta que se enamora y enferma hasta morir. Por ello Dios santifica por medio del sacerdocio el dolor y la enfermedad (Unción de los enfermos), el amor de los esposos (Matrimonio), el nacimiento de los niños (Bautismo), el desarrollo en el crecimiento en la fe (Confirmación), devuelve la gracia en el pecado (Reconciliación) y concede el Pan de vida eterna (Eucaristía). Esta gracia del Señor a Su Iglesia debe llenarnos a todos de profundo regocijo. Tenemos al “hombre de la Palabra”, el que lleva consuelo en el sufrimiento y enciende una luz de esperanza en medio de las tinieblas. Somos administradores, no dueños de esta multiforme Gracia de Dios. Así como Cristo se dedicó a hacer la voluntad del Padre y repetir aquello que le había escuchado a Él, nosotros sólo enseñamos lo que le hemos escuchado a Cristo y hemos aprendido a Sus pies, para que todos aquellos que crean y se bauticen por medio de Él alcancen la salvación. El sacerdote hace realidad en el hoy la salvación y santificación de Dios. Sin sacerdotes no habría Eucaristía y el mundo se vería privado de aquel que es el Pan de eternidad. Sea la oportunidad para que nos unamos a todos los sacerdotes de la Iglesia, especialmente los que santifican nuestra comunidad particular y oremos por cada uno de ellos para que sean en su corazón, según el modelo de Dios. *Párroco de San Carlos Borromeo y Padre Nuestro |
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Última actualización el Miércoles, 12 de Agosto de 2009 16:24 |
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Escrito por Administrator
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Miércoles, 10 de Junio de 2009 15:16 |
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¿Por qué los sacerdotes no se casan?
En la Iglesia Latina, los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579). En efecto, todos los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277). Don de Dios Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don. Que capacita para la misión El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo(1Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable. |
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Última actualización el Viernes, 03 de Julio de 2009 02:13 |
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¿Estás llamado a ser sacerdote? |
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El sacerdocio no es una carrera o una profesión, sino una vocación de amor a los demás. El sacerdocio es una vocación a la entrega de sí mismo, al servicio de amor, abrazando con entusiasmo el amado don del celibato y todo lo que implica. Ser sacerdote no es algo para un momento, que se pueda cambiar hasta que me canse, sino que es una opción libre y personal para toda la vida. Siendo sacerdote, puedo ser profesional y me ayudará a poder ejercer mejor mi sacerdocio en medio de la comunidad. |
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